Gorila

Veinticinco horas de trabajo, y me siento estúpido y torpe, como un gorila. No es tan difícil ser un gorila. Solo hay que inclinar los codos hacia arriba y hacia afuera, y avanzar con los puños hacia el suelo intercalando los brazos. Luego de seguir un tiempo así, ya puedo erguirme un segundo y liberar un bramido verdadero de gorila:

 

—Uuuuuh!

 

Tiene que ser aún más ronco — Uuuh! — más áspero y fuerte — UUUUH! —más corto! — Huh! Huh! Huh! — y ahora, en mi momento máximo de gloria, puedo erguirme completamente y golpear mi pecho fuerte, rápido, que se escuche a cientos de metros; que ningún lomo plateado pueda ignorarlo.

 

Los autos pasan y sigo avanzando, con los puños hacia abajo y los codos inclinados, no me importa nada. Soy el más veloz aunque sea el más lento: me desplazo entre las ramas. Escucho el inconfundible sonido de un metal golpeando el piso. Me deslizo ágilmente como un monstruo de 200 kilos, apenas visible entre las hojas del bosque.

 

Quizás podría pasar el resto de mi vida en la selva, ser como Tarzán al revés, como Nazrat, y criarme en la ciudad para vivir para siempre con los gorilas. No tendría nunca más que hablar, puedo bramir —Huh! Huh!— o puedo mirar a las personas con una cara inconfundible de animal salvaje, olvidarme de la ciudad. Escucho el inconfundible sonido de un metal golpeando el piso.
¿Qué fue eso? La parte recta de mi u-lock, que se cayó. ¿Y la U? Quizás cuando chucha se me cayó. Cerré mal el candado, debe habérseme caído al comienzo, a la cresta. Ahora tengo que devolverme. Cuadras y cuadras. El candado está tirado en una intersección, muy lejos desde donde alcancé a llegar. Creo que ya no quiero ser más gorila.

Otra vez

De nuevo, de nuevo lo mismo. De nuevo de noche, de nuevo con frío, de nuevo exactamente a esta mismísima hora en que prenden estos regadores automáticos que están malos (¿hace años que están malos?) y que tiran el agua para adentro de la calle y que quizás ni me mojen realmente, pero que los detesto. Lo peor de todo, de nuevo cocido.

 

¿Por qué no llego nunca? ¿Por qué no aprendo la lección? ¿Cuánto tiempo llevo pedaleando? Poco, seguramente. Es obvio que poco, porque siento que llevo mucho, y normalmente los viajes se sienten mucho más largos cuando se está curado. Siempre lo mismo. Tampoco siempre, pero tampoco sé cuántas veces. ¿Cuántas serán?
Por lo menos tomé ciertas precauciones. No sólo precauciones. Ja, ja. Pero tengo las luces prendidas, buen comienzo. Por lo menos sé que voy lento. Lo puedo ver en el ciclocomputador, no miente. ¿Voy zigzagueando? Parece que no. Derechito. «Curado manejo mejor», cuando otro lo dice es un chanta, ahora lo pienso yo y es, por lo menos, posible. No, imposible. Por lo menos ya estoy llegando, derechito al sobre. Nunca más. O hasta la próxima.

Dirección de la micro

¿Qué onda? ¿Una puerta? Ya, no es que una puerta en una micro sea algo tan excepcional, más bien todo lo contrario, pero una puerta por el lado izquierdo nunca lo había visto. Una puerta sola, justo al medio. Lo que sorprende no es ni la puerta, ni la micro. Es ese patrón inesperado que de repente aparece; es estar pedaleando como tantas veces, por la izquierda de una micro parada en el paradero, y como ninguna, que aparezca una puerta, que van a la derecha.

 

Lo que pasa es que hay tres actitudes posibles frente a una micro cargando y descargando pasajeros en la calle. Meterse a la derecha, justo antes de que baje y suba la gente y pasar como un guarén en ese estrechisimo espacio. Dos, pasar por la izquierda, sólo válido si estamos seguros que alcanzamos una buena velocidad antes de que parta la micro. Y tres, esperar atrasito de la micro, comerse el viento caluroso que sale del motor y partir juntos después. Pero con esto de las puertas a los dos lados cambia todo, las direcciones que tenían sentidos bien definidos ahora son cualquier cosa y habrá que decidir caso a caso.
Sí, me acuerdo que hay un plan de poner paraderos en el bandejón central de la Alameda, cosa que tenga sentido esto de poner las puertas por los lados. Pero entonces, ¿nadie pensó en los pobres pasajeros? ¿Cómo van a esperar la micro ahora? Esperar la micro es un acto fundamentalmente lateralizado. Siempre, sin excepción, si queremos saber si viene o no nuestra micro, giramos la cabeza hacia el hombro izquierdo. Nadie la espera de espalda. ¿Qué va a pasar ahora?

A la mierda con todo

¿Qué chuch…?¿Dónde está? Me la robaron. Me la robaron. La dejé sin candado. ¿Media hora? ¿Qué chucha? No, no, no, no, no, no. La dejé atrás, en la bodega. Mentira, nunca la he dejado en la bodega. Quizás alguien la tomó y la dejó en la bodega, pero yo no. ¿Qué chucha, loco? No está, no está acá tampoco. Ni cagando está entre estas bicis polvorientas, nadie las ha tomado en meses. ¿Por qué estoy buscando acá? ¿Revisé bien adelante? Quizás en el basurero. Alguien me la escondió en el basurero. ¿Quién me podría esconder la bici? Quizás ya la devolvieron y está donde empecé. Obvio que no está. ¿Qué hago ahora? ¡¿Qué hago ahora?! No busqué en el último patio del fondo. Quizás vino mi hermano y me la tomó y me la escondió al fondo. Nica vino. ¿Por qué estoy caminando hasta el fondo? La hueá inútil. Me quiero morir. Qué vergüenza. Como le explico a cualquier persona que me robaron la bici. No estaba acá atrás. ¡¿Qué chucha hago ahora, loco?!

 

Contéstame, contéstame. Por algo no me hai contestado, pero no puedo parar de llamarte. Me siento con náuseas. Tengo que contarle a alguien. Quiero llorar, por la chucha. Quiero gritar.  —Aaaaaaaaaaaaaah!!!!!! Aaah!!— ¿Qué más? No quiero hacer nada, a la mierda con todo, quiero que me digan qué hacer.

 

Que hago mañana, ¿hasta dónde puedo llegar? El mundo es tan chico sin bici.

Impacto

Verde, vamos.

 

Algo enorme aparece blanco y negro en el borde izquierdo del campo visual, y me sorprende un reflejo ancestral de retirar los dos brazos del manubrio. Tres o cuatro segundos duró lo demás. Ahora que estoy sentado y exhalé entiendo, o recuerdo. La conciencia anduvo mucho más rápido. Pero alcancé a pensar y a hacer cosas.

 

Lo primero fue ese ruido horrible, que resuena hasta la nuca, grave y con unos pocos armónicos agudos, que termina de bajar por el pecho para no desaparecer del todo. Como un buen golpe en la cabeza.

 

Luego darse cuenta de que se está suspendido en el aire. El cuerpo sigue una sola dirección por la inercia. La información visual es mínima, no vale la pena fijarse como gira el horizonte, así que supe que estaba yendo en la primera dirección que pensé. Mierda, mis lentes, se cayeron por acá (los vi). Están un poco sucios, nada más.

 

Caí de guata, apoyando primero los talones de las manos. Por eso me duelen. Me vino un miedo terrible al darme cuenta que los autos estaban partiendo, cuando se me representó la imagen de mi bici aplastada por el auto negro que estaba atrás mío. La agarré como pude, con los pies, con las manos, y me la traje. Y aquí estoy, sentado a un lado. Obvio que nadie me iba a arrollar, los autos están recién partiendo.

 

–¿Estai bien? Te tiraste con roja y no te vi, no alcancé a frenar.– Su furgoneta está detenida más allá, su señora me grita algo, así que le levanto el pulgar.

–Disculpa, me distraje.

–No pasa ná, lo importante es que estai bien. Más ojo para la próxima. Yo estoy apurado ahora, así que chau.

–Chao.

 

Parece que solo me enchuecó el manubrio, que suerte. Esto se corrige fácil, me pongo la rueda entre las piernas, y… Listo. Vamos, todavía falta para la siguiente verde. No me duele tanto. Vamos.

 

O si, me duele mucho la mano derecha. Me siento cansado. En verdad, no quiero andar más. Quiero parar, caminar un rato. Me siento angustiado. Soy un imbécil, yo tenía la razón y le pedí disculpas. Ni siquiera me fijé en la patente. No quiero caminar más. Quiero parar, llorar un rato.

Viaje y tiempo

Demasiado lejos para arrepentirme, demasiado cerca para aceptar el fracaso. Demasiado solo como para que tenga sentido avergonzarme, pero nada, ni el tiempo, tiene sentido realmente. Los primeros quince minutos fueron largos, pero casi tan largos como la primera hora. Y las siguientes dos horas tan largas como la primera, pero el viaje entero se siente al mismo tiempo como si nunca hubiera comenzado (o sea, que siempre estuvo ahí), tanto como si hubiera empezado recién. El tiempo verdadero pasa según las canciones, y ellas, caprichosas, se pasan entre sí rápida o lentamente según nadie sabe qué criterio. Algunas veces pasaron tan fugazmente, que al terminar recién pude darme cuenta de que estaban sonando. Otras me dieron el placer de escucharlas enteras, y de darme cuenta de detalles que nunca noté antes.

Tampoco tiene sentido el espacio. Nunca llega. Uno debería avanzar, avanzar, avanzar, hasta llegar al punto que quería, pero cuando llega es diferente, y ahora quiere llegar hasta ese poste que está más allá, que nunca va a ser como se lo imaginaba. Ahora entiendo: por eso el sentido se lo da uno, al esperar donde llegar. Pero ahora sólo quiero llegar hasta donde me alcanza la vista. Los tramos cortos se suceden rápidamente, y nunca terminan, se olvidan antes por el comienzo del subsiguiente, por lo que es más fácil continuar. Setear nuevos objetivos a la mente, porque el comienzo del camino es más ligero que el final. No dejarse llamar por el fracaso. No parar. No ahora.

—¡Aaaahh!¡Conchetumare!— No quise gritarle. Solo estaba ahí, estacionado sin molestar a nadie. Era cosa de tiempo. Faltaba una excusa, por mínima que fuera, para bajarme de la bicicleta. Voy a acercarme caminando. —Disculpe, maestro, no le gritaba a usted, gritaba solo, estoy muy cansado.

Voy a caminar dos minutos más, y vuelvo a pedalear.

Contar

Que bacán todo esto. Que difícil de expresar en palabras. Llegando tengo que contarle. «Hueón, tengo que contarte algo increíble que me pasó andando en bici hoy día». No, mejor: «Hueón, me pasó algo increíble cuando me venía en bici para acá. ¿Te habrá pasado a tí?»

Todo de nuevo. «¿Te ha pasado alguna vez que sientes que toda la calle, los autos, los semáforos, la gente, todo, es como una coreografía?  ¿Y que todos se mueven al mismo ritmo? Loco, hoy día en la mañana venía esquivando unos hoyos, y la bici se sentía como deslizarse, como escribiendo una S perfectamente curva en el piso. Y que las curvas que dibujaban los autos al lado mío eran suaves, como si se adaptaran perfectamente a mi presencia. Y las luces del semáforo todas verdes para mí, como si nadie quisiera interrumpir la danza.» ¿Danza? que fifí, nadie usa esa palabra. «Como si nadie quisiera interrumpir el baile. ¿Te habrá pasado alguna vez? Te juro que fue lo máximo. Estaba seguro que cualquier cosa que pasara solo se podría sumar. Cada charco, piedra. » Mejor: «Todos los charcos, las piedras, todo parecía fríamente calculado. Si hubiera venido un perro o un pájaro, hubiera tenido que bailar con nosotros, con el resto. Obvio que el protagonista del baile era yo, que estaba al medio de la acción desde donde yo la veía.»

«Te quería hacer unas preguntas. Pocas, eso sí. ¿Se sentirán así de bien los solistas en una compañía de baile? ¿En una orquesta? ¿O será cosa de la bici solamente? Y segundo, ¿Tiene la bici la capacidad de modular el tránsito de tal manera que todo sea más armónico y parezca una danza, o es un tema de percepción, de la atención que le ponemos a las cosas?»

Puta que soy latero. Mejor: «Hermano, cacha que hoy día me pasó algo bacán en la bici. Estaba en la calle y todo se sentía como que fuera una coreografía. Te juro, los autos, las otras bicis, hasta los hoyos de la calle eran como los pasos de baile. Fue bacán, ¿te ha pasado?»

—Buena, hueón.

—Buena, loco, ¿cómo estai?

—Bien, estoy bien.