Tres niveles

¿Qué tan distraído se puede pedalear? Se puede, por ejemplo, estar pensando en la propia bicicleta mientras se anda. Pensando en los problemas puntuales, en el aire de las ruedas, en los frenos o en el aceite y en las piezas que están sueltas. O cómo se sueltan, y en el desgaste de todo que da un poco de pena y rabia, por el planeta. Y luego en el próximo sábado o domingo en que hay que organizarse para mandar a arreglar todo de una buena vez. Y en los días sin bici que se vienen, en la micro que hay que tomar más temprano. O en las personas que van a pasar al lado de la micro, en bici, y me van a mirar por un segundo, lo suficiente para decirme que les da lástima mi situación, pero no tanto rato como para poder mirarlos de vuelta y decirles que es temporal, que mañana pedaleamos juntos, que me esperen.

Lo otro es pensar en el pedaleo, y sentir el movimiento de los músculos y su contracción rítmica, como un propio corazón que late para el cuerpo nuevo que surge cuando uno se sienta. Palpar el roce de todos los rodamientos en las rodillas, y en respuesta pasar el cambio como cambiando el ritmo de la marcha. Automatizarse para luego intentar ser reemplazado paulatinamente por partes biónicas que trabajen autónomamente para el objetivo final que es el viaje. Convertir el propio cuerpo en la nave, y sacar la mente a pasear.

O también se puede pensar en lo mucho que puede uno estar distraído, en ese límite que se acerca asintóticamente. En que pasado esa barrera, forzando al máximo la imaginación, viene el verdadero pensamiento. En que sólo entonces puede uno despegar de la bicicleta, abrir los brazos y sentir el tirón, dejar que el resto siga hacia adelante, y verdaderamente soñar.

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