Viaje y tiempo

Demasiado lejos para arrepentirme, demasiado cerca para aceptar el fracaso. Demasiado solo como para que tenga sentido avergonzarme, pero nada, ni el tiempo, tiene sentido realmente. Los primeros quince minutos fueron largos, pero casi tan largos como la primera hora. Y las siguientes dos horas tan largas como la primera, pero el viaje entero se siente al mismo tiempo como si nunca hubiera comenzado (o sea, que siempre estuvo ahí), tanto como si hubiera empezado recién. El tiempo verdadero pasa según las canciones, y ellas, caprichosas, se pasan entre sí rápida o lentamente según nadie sabe qué criterio. Algunas veces pasaron tan fugazmente, que al terminar recién pude darme cuenta de que estaban sonando. Otras me dieron el placer de escucharlas enteras, y de darme cuenta de detalles que nunca noté antes.

Tampoco tiene sentido el espacio. Nunca llega. Uno debería avanzar, avanzar, avanzar, hasta llegar al punto que quería, pero cuando llega es diferente, y ahora quiere llegar hasta ese poste que está más allá, que nunca va a ser como se lo imaginaba. Ahora entiendo: por eso el sentido se lo da uno, al esperar donde llegar. Pero ahora sólo quiero llegar hasta donde me alcanza la vista. Los tramos cortos se suceden rápidamente, y nunca terminan, se olvidan antes por el comienzo del subsiguiente, por lo que es más fácil continuar. Setear nuevos objetivos a la mente, porque el comienzo del camino es más ligero que el final. No dejarse llamar por el fracaso. No parar. No ahora.

—¡Aaaahh!¡Conchetumare!— No quise gritarle. Solo estaba ahí, estacionado sin molestar a nadie. Era cosa de tiempo. Faltaba una excusa, por mínima que fuera, para bajarme de la bicicleta. Voy a acercarme caminando. —Disculpe, maestro, no le gritaba a usted, gritaba solo, estoy muy cansado.

Voy a caminar dos minutos más, y vuelvo a pedalear.

Contar

Que bacán todo esto. Que difícil de expresar en palabras. Llegando tengo que contarle. «Hueón, tengo que contarte algo increíble que me pasó andando en bici hoy día». No, mejor: «Hueón, me pasó algo increíble cuando me venía en bici para acá. ¿Te habrá pasado a tí?»

Todo de nuevo. «¿Te ha pasado alguna vez que sientes que toda la calle, los autos, los semáforos, la gente, todo, es como una coreografía?  ¿Y que todos se mueven al mismo ritmo? Loco, hoy día en la mañana venía esquivando unos hoyos, y la bici se sentía como deslizarse, como escribiendo una S perfectamente curva en el piso. Y que las curvas que dibujaban los autos al lado mío eran suaves, como si se adaptaran perfectamente a mi presencia. Y las luces del semáforo todas verdes para mí, como si nadie quisiera interrumpir la danza.» ¿Danza? que fifí, nadie usa esa palabra. «Como si nadie quisiera interrumpir el baile. ¿Te habrá pasado alguna vez? Te juro que fue lo máximo. Estaba seguro que cualquier cosa que pasara solo se podría sumar. Cada charco, piedra. » Mejor: «Todos los charcos, las piedras, todo parecía fríamente calculado. Si hubiera venido un perro o un pájaro, hubiera tenido que bailar con nosotros, con el resto. Obvio que el protagonista del baile era yo, que estaba al medio de la acción desde donde yo la veía.»

«Te quería hacer unas preguntas. Pocas, eso sí. ¿Se sentirán así de bien los solistas en una compañía de baile? ¿En una orquesta? ¿O será cosa de la bici solamente? Y segundo, ¿Tiene la bici la capacidad de modular el tránsito de tal manera que todo sea más armónico y parezca una danza, o es un tema de percepción, de la atención que le ponemos a las cosas?»

Puta que soy latero. Mejor: «Hermano, cacha que hoy día me pasó algo bacán en la bici. Estaba en la calle y todo se sentía como que fuera una coreografía. Te juro, los autos, las otras bicis, hasta los hoyos de la calle eran como los pasos de baile. Fue bacán, ¿te ha pasado?»

—Buena, hueón.

—Buena, loco, ¿cómo estai?

—Bien, estoy bien.