Dirección de la micro

¿Qué onda? ¿Una puerta? Ya, no es que una puerta en una micro sea algo tan excepcional, más bien todo lo contrario, pero una puerta por el lado izquierdo nunca lo había visto. Una puerta sola, justo al medio. Lo que sorprende no es ni la puerta, ni la micro. Es ese patrón inesperado que de repente aparece; es estar pedaleando como tantas veces, por la izquierda de una micro parada en el paradero, y como ninguna, que aparezca una puerta, que van a la derecha.

 

Lo que pasa es que hay tres actitudes posibles frente a una micro cargando y descargando pasajeros en la calle. Meterse a la derecha, justo antes de que baje y suba la gente y pasar como un guarén en ese estrechisimo espacio. Dos, pasar por la izquierda, sólo válido si estamos seguros que alcanzamos una buena velocidad antes de que parta la micro. Y tres, esperar atrasito de la micro, comerse el viento caluroso que sale del motor y partir juntos después. Pero con esto de las puertas a los dos lados cambia todo, las direcciones que tenían sentidos bien definidos ahora son cualquier cosa y habrá que decidir caso a caso.
Sí, me acuerdo que hay un plan de poner paraderos en el bandejón central de la Alameda, cosa que tenga sentido esto de poner las puertas por los lados. Pero entonces, ¿nadie pensó en los pobres pasajeros? ¿Cómo van a esperar la micro ahora? Esperar la micro es un acto fundamentalmente lateralizado. Siempre, sin excepción, si queremos saber si viene o no nuestra micro, giramos la cabeza hacia el hombro izquierdo. Nadie la espera de espalda. ¿Qué va a pasar ahora?

Tres niveles

¿Qué tan distraído se puede pedalear? Se puede, por ejemplo, estar pensando en la propia bicicleta mientras se anda. Pensando en los problemas puntuales, en el aire de las ruedas, en los frenos o en el aceite y en las piezas que están sueltas. O cómo se sueltan, y en el desgaste de todo que da un poco de pena y rabia, por el planeta. Y luego en el próximo sábado o domingo en que hay que organizarse para mandar a arreglar todo de una buena vez. Y en los días sin bici que se vienen, en la micro que hay que tomar más temprano. O en las personas que van a pasar al lado de la micro, en bici, y me van a mirar por un segundo, lo suficiente para decirme que les da lástima mi situación, pero no tanto rato como para poder mirarlos de vuelta y decirles que es temporal, que mañana pedaleamos juntos, que me esperen.

Lo otro es pensar en el pedaleo, y sentir el movimiento de los músculos y su contracción rítmica, como un propio corazón que late para el cuerpo nuevo que surge cuando uno se sienta. Palpar el roce de todos los rodamientos en las rodillas, y en respuesta pasar el cambio como cambiando el ritmo de la marcha. Automatizarse para luego intentar ser reemplazado paulatinamente por partes biónicas que trabajen autónomamente para el objetivo final que es el viaje. Convertir el propio cuerpo en la nave, y sacar la mente a pasear.

O también se puede pensar en lo mucho que puede uno estar distraído, en ese límite que se acerca asintóticamente. En que pasado esa barrera, forzando al máximo la imaginación, viene el verdadero pensamiento. En que sólo entonces puede uno despegar de la bicicleta, abrir los brazos y sentir el tirón, dejar que el resto siga hacia adelante, y verdaderamente soñar.