Caminar

Que pajero esto de caminar, que frustrante. Mientras, mi bici está en la casa, fuera del alcance de cualquier arreglo casero, hecha mierda. Y la flojera me ha impedido llevarla al taller, arrastrándola o al hombro. Imposible hacer eso, pasar por ese sufrimiento, esa humillación por la media hora más dolorosa de la vida. Aunque luego venga la redención y se acaben todos los problemas. Y más encima ahora tengo que caminar una distancia que obviamente haría en bici, que jamás me permitiría caminar, desperdiciar estas calorías, arrastrar los pies como un fracasado, sentir la mirada castigadora de todos los que pasan y piensan: “pobre hueón”.

 

Caminar es tan distinto a andar en bici. Es lentísimo. Ni siquiera sé cuánto tiempo llevo caminando. Einstein se equivocó cuando hizo su analogía de la dilatación del tiempo. Mientras más rápido voy, el tiempo pasa mucho más velozmente, en cambio caminando el tiempo se dilata hasta el infinito. Llevo toda la tarde caminando y apenas ha pasado media hora. Tiene que haber una explicación. Como por ejemplo que caminando tengo que arrastrar todas mis partículas que van a la velocidad de la luz en todas las direcciones, y mi masa se va al infinito y no puedo avanzar por mucho que pasen los años, a diferencia de andando en bici en que todo mi cuerpo se alinea y soy más ligero y llego a todos lados eventualmente. Que ganas de preguntarle a un físico, si tiene sentido lo que acabo de pensar. Deben ser puras hueás. Nada productivo se puede pensar caminando. El peor medio de transporte del universo.
Es tan distinto. Caminando toco todas las rejas, y de pronto cada barrote es una lanza y hay un ejército de soldados improvisados que están preparándose para pelear. Contra los pacos, por supuesto. Y afilan las rejas y se las tiran a las ruedas del guanaco y el guanaco no avanza, y lo cazan como un grupo de selknam, y bailan alrededor del cadáver porque ganaron. Y detrás de los muros espera protegida la gente inocente, no quieren guerra pero tampoco a los pacos. Y capturamos Ñuñoa, y están cayendo todos los barrios y tenemos esperanza en que todo va a mejorar. Y apenas avancé media cuadra. Por eso es tan distinto, mucho espacio para la imaginación, para pensar tonteras. Tampoco es tan malo, relajarse un poco, ganar ese tiempo.

Gorila

Veinticinco horas de trabajo, y me siento estúpido y torpe, como un gorila. No es tan difícil ser un gorila. Solo hay que inclinar los codos hacia arriba y hacia afuera, y avanzar con los puños hacia el suelo intercalando los brazos. Luego de seguir un tiempo así, ya puedo erguirme un segundo y liberar un bramido verdadero de gorila:

 

—Uuuuuh!

 

Tiene que ser aún más ronco — Uuuh! — más áspero y fuerte — UUUUH! —más corto! — Huh! Huh! Huh! — y ahora, en mi momento máximo de gloria, puedo erguirme completamente y golpear mi pecho fuerte, rápido, que se escuche a cientos de metros; que ningún lomo plateado pueda ignorarlo.

 

Los autos pasan y sigo avanzando, con los puños hacia abajo y los codos inclinados, no me importa nada. Soy el más veloz aunque sea el más lento: me desplazo entre las ramas. Escucho el inconfundible sonido de un metal golpeando el piso. Me deslizo ágilmente como un monstruo de 200 kilos, apenas visible entre las hojas del bosque.

 

Quizás podría pasar el resto de mi vida en la selva, ser como Tarzán al revés, como Nazrat, y criarme en la ciudad para vivir para siempre con los gorilas. No tendría nunca más que hablar, puedo bramir —Huh! Huh!— o puedo mirar a las personas con una cara inconfundible de animal salvaje, olvidarme de la ciudad. Escucho el inconfundible sonido de un metal golpeando el piso.
¿Qué fue eso? La parte recta de mi u-lock, que se cayó. ¿Y la U? Quizás cuando chucha se me cayó. Cerré mal el candado, debe habérseme caído al comienzo, a la cresta. Ahora tengo que devolverme. Cuadras y cuadras. El candado está tirado en una intersección, muy lejos desde donde alcancé a llegar. Creo que ya no quiero ser más gorila.

Otra vez

De nuevo, de nuevo lo mismo. De nuevo de noche, de nuevo con frío, de nuevo exactamente a esta mismísima hora en que prenden estos regadores automáticos que están malos (¿hace años que están malos?) y que tiran el agua para adentro de la calle y que quizás ni me mojen realmente, pero que los detesto. Lo peor de todo, de nuevo cocido.

 

¿Por qué no llego nunca? ¿Por qué no aprendo la lección? ¿Cuánto tiempo llevo pedaleando? Poco, seguramente. Es obvio que poco, porque siento que llevo mucho, y normalmente los viajes se sienten mucho más largos cuando se está curado. Siempre lo mismo. Tampoco siempre, pero tampoco sé cuántas veces. ¿Cuántas serán?
Por lo menos tomé ciertas precauciones. No sólo precauciones. Ja, ja. Pero tengo las luces prendidas, buen comienzo. Por lo menos sé que voy lento. Lo puedo ver en el ciclocomputador, no miente. ¿Voy zigzagueando? Parece que no. Derechito. «Curado manejo mejor», cuando otro lo dice es un chanta, ahora lo pienso yo y es, por lo menos, posible. No, imposible. Por lo menos ya estoy llegando, derechito al sobre. Nunca más. O hasta la próxima.

A la mierda con todo

¿Qué chuch…?¿Dónde está? Me la robaron. Me la robaron. La dejé sin candado. ¿Media hora? ¿Qué chucha? No, no, no, no, no, no. La dejé atrás, en la bodega. Mentira, nunca la he dejado en la bodega. Quizás alguien la tomó y la dejó en la bodega, pero yo no. ¿Qué chucha, loco? No está, no está acá tampoco. Ni cagando está entre estas bicis polvorientas, nadie las ha tomado en meses. ¿Por qué estoy buscando acá? ¿Revisé bien adelante? Quizás en el basurero. Alguien me la escondió en el basurero. ¿Quién me podría esconder la bici? Quizás ya la devolvieron y está donde empecé. Obvio que no está. ¿Qué hago ahora? ¡¿Qué hago ahora?! No busqué en el último patio del fondo. Quizás vino mi hermano y me la tomó y me la escondió al fondo. Nica vino. ¿Por qué estoy caminando hasta el fondo? La hueá inútil. Me quiero morir. Qué vergüenza. Como le explico a cualquier persona que me robaron la bici. No estaba acá atrás. ¡¿Qué chucha hago ahora, loco?!

 

Contéstame, contéstame. Por algo no me hai contestado, pero no puedo parar de llamarte. Me siento con náuseas. Tengo que contarle a alguien. Quiero llorar, por la chucha. Quiero gritar.  —Aaaaaaaaaaaaaah!!!!!! Aaah!!— ¿Qué más? No quiero hacer nada, a la mierda con todo, quiero que me digan qué hacer.

 

Que hago mañana, ¿hasta dónde puedo llegar? El mundo es tan chico sin bici.

Impacto

Verde, vamos.

 

Algo enorme aparece blanco y negro en el borde izquierdo del campo visual, y me sorprende un reflejo ancestral de retirar los dos brazos del manubrio. Tres o cuatro segundos duró lo demás. Ahora que estoy sentado y exhalé entiendo, o recuerdo. La conciencia anduvo mucho más rápido. Pero alcancé a pensar y a hacer cosas.

 

Lo primero fue ese ruido horrible, que resuena hasta la nuca, grave y con unos pocos armónicos agudos, que termina de bajar por el pecho para no desaparecer del todo. Como un buen golpe en la cabeza.

 

Luego darse cuenta de que se está suspendido en el aire. El cuerpo sigue una sola dirección por la inercia. La información visual es mínima, no vale la pena fijarse como gira el horizonte, así que supe que estaba yendo en la primera dirección que pensé. Mierda, mis lentes, se cayeron por acá (los vi). Están un poco sucios, nada más.

 

Caí de guata, apoyando primero los talones de las manos. Por eso me duelen. Me vino un miedo terrible al darme cuenta que los autos estaban partiendo, cuando se me representó la imagen de mi bici aplastada por el auto negro que estaba atrás mío. La agarré como pude, con los pies, con las manos, y me la traje. Y aquí estoy, sentado a un lado. Obvio que nadie me iba a arrollar, los autos están recién partiendo.

 

–¿Estai bien? Te tiraste con roja y no te vi, no alcancé a frenar.– Su furgoneta está detenida más allá, su señora me grita algo, así que le levanto el pulgar.

–Disculpa, me distraje.

–No pasa ná, lo importante es que estai bien. Más ojo para la próxima. Yo estoy apurado ahora, así que chau.

–Chao.

 

Parece que solo me enchuecó el manubrio, que suerte. Esto se corrige fácil, me pongo la rueda entre las piernas, y… Listo. Vamos, todavía falta para la siguiente verde. No me duele tanto. Vamos.

 

O si, me duele mucho la mano derecha. Me siento cansado. En verdad, no quiero andar más. Quiero parar, caminar un rato. Me siento angustiado. Soy un imbécil, yo tenía la razón y le pedí disculpas. Ni siquiera me fijé en la patente. No quiero caminar más. Quiero parar, llorar un rato.

Viaje y tiempo

Demasiado lejos para arrepentirme, demasiado cerca para aceptar el fracaso. Demasiado solo como para que tenga sentido avergonzarme, pero nada, ni el tiempo, tiene sentido realmente. Los primeros quince minutos fueron largos, pero casi tan largos como la primera hora. Y las siguientes dos horas tan largas como la primera, pero el viaje entero se siente al mismo tiempo como si nunca hubiera comenzado (o sea, que siempre estuvo ahí), tanto como si hubiera empezado recién. El tiempo verdadero pasa según las canciones, y ellas, caprichosas, se pasan entre sí rápida o lentamente según nadie sabe qué criterio. Algunas veces pasaron tan fugazmente, que al terminar recién pude darme cuenta de que estaban sonando. Otras me dieron el placer de escucharlas enteras, y de darme cuenta de detalles que nunca noté antes.

Tampoco tiene sentido el espacio. Nunca llega. Uno debería avanzar, avanzar, avanzar, hasta llegar al punto que quería, pero cuando llega es diferente, y ahora quiere llegar hasta ese poste que está más allá, que nunca va a ser como se lo imaginaba. Ahora entiendo: por eso el sentido se lo da uno, al esperar donde llegar. Pero ahora sólo quiero llegar hasta donde me alcanza la vista. Los tramos cortos se suceden rápidamente, y nunca terminan, se olvidan antes por el comienzo del subsiguiente, por lo que es más fácil continuar. Setear nuevos objetivos a la mente, porque el comienzo del camino es más ligero que el final. No dejarse llamar por el fracaso. No parar. No ahora.

—¡Aaaahh!¡Conchetumare!— No quise gritarle. Solo estaba ahí, estacionado sin molestar a nadie. Era cosa de tiempo. Faltaba una excusa, por mínima que fuera, para bajarme de la bicicleta. Voy a acercarme caminando. —Disculpe, maestro, no le gritaba a usted, gritaba solo, estoy muy cansado.

Voy a caminar dos minutos más, y vuelvo a pedalear.

Pseudopinchazo

Luz trasera. Luz delantera. Rueda. Rueda. De nuevo me manché un poco los dedos. ¿Por qué será que todavía no puedo llegar y subirme a la bici? Hace tiempo que por más que toco los neumáticos cada mañana nunca amanecen desinflados. En otro tiempo me hubiera pasado más seguido, pero, por algún motivo, parece que estuviera de vacaciones de la latera y frustrante pega de cambiar apurado una cámara tan temprano en la mañana.

Ya llegué al primer semáforo largo. Debe ser que estoy con estrés postraumático. Nunca tanto, pero no hay un mejor término. Por lo menos no todavía, hasta que por fin retomemos el viejo proyecto de clasificar y etapificar el miedo a tener la rueda de la bici pinchada. Tampoco es miedo, es una sensación diferente. ¿La tendremos solo los que hemos sentido la pena de pinchar en el momento menos adecuado? Que terrible pena. Quizás ser adulto tiene que ver con dejar de tener cosas por las que sentir tanta pena, y nos quedan las protocolares, las de siempre, y andar en bici nos deja anclados en parte a esa niñez donde era tan válido y necesario sentirse así, angustiado por algo aparentemente tan poco importante.

¿Qué pasó? Obvio que debe haber miles de explicaciones mejores. Nica pinché rueda, debo estar medio frenado, si hace tiempo que no arreglo el freno. Tengo que aguantarme, no quiero parar para tocar la rueda y ensuciarme los dedos, y preocuparme de nuevo por lo preocupado que me pongo cuando creo que tengo la rueda pinchada. Si le doy dos cuadras más se me va a olvidar, y aparte, cuando uno pincha de verdad se siente totalmente diferente así que no voy a parar. No voy a dejar que me gane el viejo neurótico que, en el fondo, no quiere volver a ser niño y tener pena y que está tan viejo y tonto que se le olvidó que, aunque crea que está encima de todo, los pinchazos en la bici simplemente llegan y no hay nada que pueda hacer para evitarlos.