A la mierda con todo

¿Qué chuch…?¿Dónde está? Me la robaron. Me la robaron. La dejé sin candado. ¿Media hora? ¿Qué chucha? No, no, no, no, no, no. La dejé atrás, en la bodega. Mentira, nunca la he dejado en la bodega. Quizás alguien la tomó y la dejó en la bodega, pero yo no. ¿Qué chucha, loco? No está, no está acá tampoco. Ni cagando está entre estas bicis polvorientas, nadie las ha tomado en meses. ¿Por qué estoy buscando acá? ¿Revisé bien adelante? Quizás en el basurero. Alguien me la escondió en el basurero. ¿Quién me podría esconder la bici? Quizás ya la devolvieron y está donde empecé. Obvio que no está. ¿Qué hago ahora? ¡¿Qué hago ahora?! No busqué en el último patio del fondo. Quizás vino mi hermano y me la tomó y me la escondió al fondo. Nica vino. ¿Por qué estoy caminando hasta el fondo? La hueá inútil. Me quiero morir. Qué vergüenza. Como le explico a cualquier persona que me robaron la bici. No estaba acá atrás. ¡¿Qué chucha hago ahora, loco?!

 

Contéstame, contéstame. Por algo no me hai contestado, pero no puedo parar de llamarte. Me siento con náuseas. Tengo que contarle a alguien. Quiero llorar, por la chucha. Quiero gritar.  —Aaaaaaaaaaaaaah!!!!!! Aaah!!— ¿Qué más? No quiero hacer nada, a la mierda con todo, quiero que me digan qué hacer.

 

Que hago mañana, ¿hasta dónde puedo llegar? El mundo es tan chico sin bici.

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Impacto

Verde, vamos.

 

Algo enorme aparece blanco y negro en el borde izquierdo del campo visual, y me sorprende un reflejo ancestral de retirar los dos brazos del manubrio. Tres o cuatro segundos duró lo demás. Ahora que estoy sentado y exhalé entiendo, o recuerdo. La conciencia anduvo mucho más rápido. Pero alcancé a pensar y a hacer cosas.

 

Lo primero fue ese ruido horrible, que resuena hasta la nuca, grave y con unos pocos armónicos agudos, que termina de bajar por el pecho para no desaparecer del todo. Como un buen golpe en la cabeza.

 

Luego darse cuenta de que se está suspendido en el aire. El cuerpo sigue una sola dirección por la inercia. La información visual es mínima, no vale la pena fijarse como gira el horizonte, así que supe que estaba yendo en la primera dirección que pensé. Mierda, mis lentes, se cayeron por acá (los vi). Están un poco sucios, nada más.

 

Caí de guata, apoyando primero los talones de las manos. Por eso me duelen. Me vino un miedo terrible al darme cuenta que los autos estaban partiendo, cuando se me representó la imagen de mi bici aplastada por el auto negro que estaba atrás mío. La agarré como pude, con los pies, con las manos, y me la traje. Y aquí estoy, sentado a un lado. Obvio que nadie me iba a arrollar, los autos están recién partiendo.

 

–¿Estai bien? Te tiraste con roja y no te vi, no alcancé a frenar.– Su furgoneta está detenida más allá, su señora me grita algo, así que le levanto el pulgar.

–Disculpa, me distraje.

–No pasa ná, lo importante es que estai bien. Más ojo para la próxima. Yo estoy apurado ahora, así que chau.

–Chao.

 

Parece que solo me enchuecó el manubrio, que suerte. Esto se corrige fácil, me pongo la rueda entre las piernas, y… Listo. Vamos, todavía falta para la siguiente verde. No me duele tanto. Vamos.

 

O si, me duele mucho la mano derecha. Me siento cansado. En verdad, no quiero andar más. Quiero parar, caminar un rato. Me siento angustiado. Soy un imbécil, yo tenía la razón y le pedí disculpas. Ni siquiera me fijé en la patente. No quiero caminar más. Quiero parar, llorar un rato.

Viaje y tiempo

Demasiado lejos para arrepentirme, demasiado cerca para aceptar el fracaso. Demasiado solo como para que tenga sentido avergonzarme, pero nada, ni el tiempo, tiene sentido realmente. Los primeros quince minutos fueron largos, pero casi tan largos como la primera hora. Y las siguientes dos horas tan largas como la primera, pero el viaje entero se siente al mismo tiempo como si nunca hubiera comenzado (o sea, que siempre estuvo ahí), tanto como si hubiera empezado recién. El tiempo verdadero pasa según las canciones, y ellas, caprichosas, se pasan entre sí rápida o lentamente según nadie sabe qué criterio. Algunas veces pasaron tan fugazmente, que al terminar recién pude darme cuenta de que estaban sonando. Otras me dieron el placer de escucharlas enteras, y de darme cuenta de detalles que nunca noté antes.

Tampoco tiene sentido el espacio. Nunca llega. Uno debería avanzar, avanzar, avanzar, hasta llegar al punto que quería, pero cuando llega es diferente, y ahora quiere llegar hasta ese poste que está más allá, que nunca va a ser como se lo imaginaba. Ahora entiendo: por eso el sentido se lo da uno, al esperar donde llegar. Pero ahora sólo quiero llegar hasta donde me alcanza la vista. Los tramos cortos se suceden rápidamente, y nunca terminan, se olvidan antes por el comienzo del subsiguiente, por lo que es más fácil continuar. Setear nuevos objetivos a la mente, porque el comienzo del camino es más ligero que el final. No dejarse llamar por el fracaso. No parar. No ahora.

—¡Aaaahh!¡Conchetumare!— No quise gritarle. Solo estaba ahí, estacionado sin molestar a nadie. Era cosa de tiempo. Faltaba una excusa, por mínima que fuera, para bajarme de la bicicleta. Voy a acercarme caminando. —Disculpe, maestro, no le gritaba a usted, gritaba solo, estoy muy cansado.

Voy a caminar dos minutos más, y vuelvo a pedalear.

Contar

Que bacán todo esto. Que difícil de expresar en palabras. Llegando tengo que contarle. «Hueón, tengo que contarte algo increíble que me pasó andando en bici hoy día». No, mejor: «Hueón, me pasó algo increíble cuando me venía en bici para acá. ¿Te habrá pasado a tí?»

Todo de nuevo. «¿Te ha pasado alguna vez que sientes que toda la calle, los autos, los semáforos, la gente, todo, es como una coreografía?  ¿Y que todos se mueven al mismo ritmo? Loco, hoy día en la mañana venía esquivando unos hoyos, y la bici se sentía como deslizarse, como escribiendo una S perfectamente curva en el piso. Y que las curvas que dibujaban los autos al lado mío eran suaves, como si se adaptaran perfectamente a mi presencia. Y las luces del semáforo todas verdes para mí, como si nadie quisiera interrumpir la danza.» ¿Danza? que fifí, nadie usa esa palabra. «Como si nadie quisiera interrumpir el baile. ¿Te habrá pasado alguna vez? Te juro que fue lo máximo. Estaba seguro que cualquier cosa que pasara solo se podría sumar. Cada charco, piedra. » Mejor: «Todos los charcos, las piedras, todo parecía fríamente calculado. Si hubiera venido un perro o un pájaro, hubiera tenido que bailar con nosotros, con el resto. Obvio que el protagonista del baile era yo, que estaba al medio de la acción desde donde yo la veía.»

«Te quería hacer unas preguntas. Pocas, eso sí. ¿Se sentirán así de bien los solistas en una compañía de baile? ¿En una orquesta? ¿O será cosa de la bici solamente? Y segundo, ¿Tiene la bici la capacidad de modular el tránsito de tal manera que todo sea más armónico y parezca una danza, o es un tema de percepción, de la atención que le ponemos a las cosas?»

Puta que soy latero. Mejor: «Hermano, cacha que hoy día me pasó algo bacán en la bici. Estaba en la calle y todo se sentía como que fuera una coreografía. Te juro, los autos, las otras bicis, hasta los hoyos de la calle eran como los pasos de baile. Fue bacán, ¿te ha pasado?»

—Buena, hueón.

—Buena, loco, ¿cómo estai?

—Bien, estoy bien.

Tres niveles

¿Qué tan distraído se puede pedalear? Se puede, por ejemplo, estar pensando en la propia bicicleta mientras se anda. Pensando en los problemas puntuales, en el aire de las ruedas, en los frenos o en el aceite y en las piezas que están sueltas. O cómo se sueltan, y en el desgaste de todo que da un poco de pena y rabia, por el planeta. Y luego en el próximo sábado o domingo en que hay que organizarse para mandar a arreglar todo de una buena vez. Y en los días sin bici que se vienen, en la micro que hay que tomar más temprano. O en las personas que van a pasar al lado de la micro, en bici, y me van a mirar por un segundo, lo suficiente para decirme que les da lástima mi situación, pero no tanto rato como para poder mirarlos de vuelta y decirles que es temporal, que mañana pedaleamos juntos, que me esperen.

Lo otro es pensar en el pedaleo, y sentir el movimiento de los músculos y su contracción rítmica, como un propio corazón que late para el cuerpo nuevo que surge cuando uno se sienta. Palpar el roce de todos los rodamientos en las rodillas, y en respuesta pasar el cambio como cambiando el ritmo de la marcha. Automatizarse para luego intentar ser reemplazado paulatinamente por partes biónicas que trabajen autónomamente para el objetivo final que es el viaje. Convertir el propio cuerpo en la nave, y sacar la mente a pasear.

O también se puede pensar en lo mucho que puede uno estar distraído, en ese límite que se acerca asintóticamente. En que pasado esa barrera, forzando al máximo la imaginación, viene el verdadero pensamiento. En que sólo entonces puede uno despegar de la bicicleta, abrir los brazos y sentir el tirón, dejar que el resto siga hacia adelante, y verdaderamente soñar.

Pseudopinchazo

Luz trasera. Luz delantera. Rueda. Rueda. De nuevo me manché un poco los dedos. ¿Por qué será que todavía no puedo llegar y subirme a la bici? Hace tiempo que por más que toco los neumáticos cada mañana nunca amanecen desinflados. En otro tiempo me hubiera pasado más seguido, pero, por algún motivo, parece que estuviera de vacaciones de la latera y frustrante pega de cambiar apurado una cámara tan temprano en la mañana.

Ya llegué al primer semáforo largo. Debe ser que estoy con estrés postraumático. Nunca tanto, pero no hay un mejor término. Por lo menos no todavía, hasta que por fin retomemos el viejo proyecto de clasificar y etapificar el miedo a tener la rueda de la bici pinchada. Tampoco es miedo, es una sensación diferente. ¿La tendremos solo los que hemos sentido la pena de pinchar en el momento menos adecuado? Que terrible pena. Quizás ser adulto tiene que ver con dejar de tener cosas por las que sentir tanta pena, y nos quedan las protocolares, las de siempre, y andar en bici nos deja anclados en parte a esa niñez donde era tan válido y necesario sentirse así, angustiado por algo aparentemente tan poco importante.

¿Qué pasó? Obvio que debe haber miles de explicaciones mejores. Nica pinché rueda, debo estar medio frenado, si hace tiempo que no arreglo el freno. Tengo que aguantarme, no quiero parar para tocar la rueda y ensuciarme los dedos, y preocuparme de nuevo por lo preocupado que me pongo cuando creo que tengo la rueda pinchada. Si le doy dos cuadras más se me va a olvidar, y aparte, cuando uno pincha de verdad se siente totalmente diferente así que no voy a parar. No voy a dejar que me gane el viejo neurótico que, en el fondo, no quiere volver a ser niño y tener pena y que está tan viejo y tonto que se le olvidó que, aunque crea que está encima de todo, los pinchazos en la bici simplemente llegan y no hay nada que pueda hacer para evitarlos.

Primero

Bike Sign por Paul Brennan | imagen en dominio público

mono ciclos es el nombre que escogí para este proyecto.

A través de los textos que voy a publicar pretendo recrear y registrar el pensamiento mismo, con su particular velocidad y estructura, pero hacerlo de manera tal, que sea una experiencia transferible, compartida. En este caso en particular, la experiencia de andar en bicicleta.

La herramienta con la que pretendo escribir (o más bien tipear) para lograr ese resultado es la redacción lo más rápido y honestamente posible, sin la coerción de los principios estéticos que muchas veces paralizan el flujo normal de nuestras ideas al papel. Luego viene el proceso de corregir algunos aspectos del estilo que espero hagan del texto algo mucho más interesante para leer.

Espero que como resultado experimenten un estado mental similar al que estuve cuando fueron concebidos estos textos. Es por eso que este proyecto también es una bitácora o un diario de vida, donde quede constancia de lo que alguna vez pensé.

Saludos,
Ignacio